Autoría: Inma de Juan


24 de febrero de 2026

min de lectura

Niños pequeños que gritan. Padres cansados que a veces ponen dibujos para poder terminar la compra, hacer la cena o llegar al final del día. No es un fallo educativo: es la vida real.

En la primera infancia, los gritos no aparecen porque los padres “lo hagan mal”, sino porque el cerebro del niño todavía no sabe regular la frustración, la espera o el cansancio. Y las pantallas, muchas veces, se convierten en el atajo más rápido para recuperar un poco de calma.

Este artículo no va de prohibiciones ni de culpas. Va de entender qué le pasa a tu hijo, por qué recurres a veces al móvil, y cómo reducir poco a poco estas situaciones con alternativas realistas y sostenibles.

Por qué los niños de 0 a 4 años gritan (y no es por “portarse mal”)

El cerebro infantil está en plena construcción. Las áreas que permiten:

  • Esperar
  • Calmarse
  • Controlar impulsos
  • Expresar emociones con palabras

Todavía son inmaduras en los primeros años de vida.

Por eso, cuando un niño pequeño se frustra o se cansa, su sistema nervioso entra en modo “alarma”: llanto, gritos, pataleta. No es manipulación. Es incapacidad biológica para gestionarlo mejor.

Tu hijo no grita porque quiere fastidiarte. Grita porque no puede hacerlo de otra manera todavía.

La neurociencia del desarrollo explica que, en estas edades, el adulto actúa como regulador externo: primero el niño se calma contigo; con el tiempo, aprenderá a calmarse solo.

Por qué las pantallas “funcionan” tan bien en esos momentos

Las pantallas:

  • Capturan la atención muy rápido
  • Reducen la protesta
  • Apagan la rabieta en segundos

En el momento, son eficaces. Y por eso tantos padres recurren a ellas para poder sobrevivir al día a día: terminar la compra, hacer una gestión, atender una llamada urgente.

El problema no es usarlas alguna vez. El problema es cuando se convierten en la única herramienta para gestionar:

  • El aburrimiento
  • La espera
  • El cansancio
  • La frustración

Las principales guías pediátricas recomiendan mucha prudencia con las pantallas en estas edades y priorizar siempre juego, movimiento, interacción y sueño, porque eso es lo que de verdad construye el cerebro.

Recuerda: la pantalla no es el enemigo. El peligro es que sea el único plan.

El objetivo realista: menos gritos y menos pantallas, con más recursos

No buscamos:

  • Niños que nunca lloren
  • Padres que nunca cedan
  • Casas perfectas

Buscamos algo mucho más posible y eficaz:

✔ Reducir la frecuencia e intensidad de los estallidos

✔ Tener alternativas reales al móvil

✔ Usar las pantallas con más criterio y menos culpa

✔ Ayudar al niño a aprender poco a poco a regularse

Cómo prevenir muchas rabietas antes de que empiecen

Muchas crisis no aparecen “de repente”. Suelen venir de:

  • Hambre
  • Sueño
  • Exceso de estímulos
  • Prisas acumuladas

Pequeños cambios que ayudan mucho:

  • No alargar recados con un niño agotado
  • Llevar siempre algo para picar
  • Evitar planes exigentes justo antes de comer o dormir
  • Reducir jornadas maratonianas con niños pequeños

Menos situaciones límite = menos gritos = menos necesidad de pantalla. Menos incendios es mejor que más extintores.

Alternativas reales a la pantalla: tu “plan B” de emergencia

Si quitas la pantalla, tienes que poner algo en su lugar. Si no, el conflicto está asegurado.

Ten preparado un pequeño “menú de emergencia” con ideas simples:

  • Un juguete especial solo para salir de casa
  • Pegatinas o un cuaderno pequeño
  • Canciones con gestos
  • Juegos de buscar cosas por colores
  • Meter y sacar objetos de una bolsa
  • Un cuento corto (aunque sea siempre el mismo)

No son actividades perfectas. Son soluciones que funcionan en la vida real. Cuantas más alternativas tengas, menos dependerás del móvil.

Usa la secuencia: “primero esto, luego aquello”

Los niños pequeños entienden mejor las secuencias que las prohibiciones.

En vez de:

“No hay dibujos.”

Mejor:

“Primero hacemos la compra, luego puedes ver un ratito de dibujos.”

Esto:

  • Reduce luchas de poder
  • Entrena la espera
  • Da seguridad y previsibilidad

Qué hacer cuando tu hijo ya está gritando

En plena rabieta, el cerebro del niño no está preparado para razonar.

Funciona mejor:

  • Ponerte a su altura
  • Usar voz tranquila
  • Frases cortas y claras:
    • “Veo que estás muy enfadado.”
    • “No puedo darte eso ahora.”
    • “Estoy contigo. Se te pasará.”

No es magia, pero acorta la tormenta y enseña que no está solo con lo que le pasa.

Cómo usar las pantallas con criterio (sin guerras ni culpas)

La pantalla deja de ser un “soborno” cuando pasa a ser una decisión consciente:

  • Elegir un momento concreto del día
  • Mejor un solo bloque que muchos ratitos
  • Evitar usarla justo antes de dormir
  • No convertirla en respuesta automática a cada llanto

Así, el niño no aprende:

“Si grito, hay móvil.”

Sino:

“A veces hay pantalla, a veces no, y puedo tolerar ambas cosas.”

Y si hoy has vuelto a tirar de móvil… o has perdido la paciencia

Pasa. Mucho. A todos.

Educar en estas edades no va de hacerlo perfecto, sino de reparar:

“Hoy me he cansado y me ha costado ayudarte. Lo intentamos otra vez.”

Eso también educa. Y mucho.

Recapitulando

Tu hijo no grita porque sea malo.

Tú no pones dibujos porque seas un mal padre o madre.

Ambos estáis aprendiendo a regularos en un mundo con poco tiempo y mucho cansancio.

Reducir gritos y pantallas no es una batalla. Es un camino de pequeños ajustes sostenidos: más previsión, más alternativas, más calma… y menos culpa.

Y eso, con el tiempo, sí cambia las cosas.

Preguntas frecuentes para familias con niños de 0 a 4 años (FAQ)

1. ¿Es normal que mi hijo pequeño grite tanto?

Sí, es completamente normal. En estas edades los niños todavía no saben gestionar bien la frustración, la espera o el cansancio. Cuando se desbordan, el llanto y los gritos son su manera de decir: “esto es demasiado para mí”.

2. ¿Significa que lo estoy haciendo mal como padre o madre?

No. Que un niño pequeño grite no es señal de mala educación ni de que lo estés haciendo mal. Es parte del desarrollo. Tu papel ahora es acompañarle y ayudarle poco a poco a aprender a calmarse.

3. ¿Está mal usar el móvil o la tablet para tranquilizarle?

No necesariamente. A veces es una solución de emergencia para poder terminar la compra, hacer una gestión o llegar al final del día. El objetivo no es prohibir las pantallas, sino que no sean la única herramienta para calmarle.

4. ¿Cuánta pantalla es recomendable para niños tan pequeños?

En general, cuanto menos, mejor. A partir de los 2 años, se recomienda un tiempo limitado al día y priorizar siempre el juego, el movimiento, los cuentos y el tiempo en familia. Más importante que el número exacto es no usar la pantalla como respuesta automática a cada llanto.

5. ¿Por qué mi hijo se calma tan rápido cuando le pongo dibujos?

Porque la pantalla capta su atención de inmediato y le distrae del malestar. Funciona rápido, sí. Pero si siempre se usa para calmarle, el niño no practica otras formas de tranquilizarse.

6. ¿Qué puedo hacer si empieza a gritar en el súper o en una cola?

Ayuda mucho tener un plan B: un juguete pequeño especial, pegatinas, una canción con gestos, un juego de buscar cosas por colores o un cuento corto. No siempre será mágico, pero reduce mucho la dependencia del móvil.

7. ¿Qué hago cuando ya está en plena rabieta?

En ese momento, razonar no suele funcionar. Mejor:

  • Ponerte a su altura
  • Hablar con voz tranquila
  • Usar frases cortas: “Veo que estás enfadado”, “Estoy contigo”, “Ahora no podemos, pero te ayudo a calmarte”

Primero calma, luego aprendizaje.

8. ¿Si hoy cedo y le pongo dibujos, ya estropeo todo?

No. Educar no va de hacerlo perfecto, sino de hacerlo suficientemente bien y seguir intentándolo. Un día difícil no borra todo lo que haces bien. Lo importante es el camino que lleváis en general.

9. ¿Cómo evito que aprenda que “si grito, hay pantalla”?

Usando la pantalla de forma planificada:

  • En momentos concretos del día
  • No siempre justo después de una rabieta
  • Como una actividad más, no como premio inmediato

Así aprende que a veces hay pantalla y a veces no, y que puede tolerar ambas cosas.

10. ¿Cuándo aprenderá a calmarse solo?

Poco a poco. Primero se calma contigo, luego con tu ayuda, y más adelante por sí mismo. Cada vez que le acompañas con paciencia, estás ayudando a su cerebro a aprender a regularse mejor.

11. ¿Qué es lo más importante que debo recordar?

Esto:

Tu hijo no grita porque sea malo.

Tú no pones dibujos porque seas un mal padre o madre.

Ambos estáis aprendiendo. Y eso ya es educar.

Autoría: Inma de Juan


12 de febrero de 2026

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Hay una escena cotidiana en muchas casas: un niño mira alrededor, suspira y suelta el clásico “me aburro”. Y, casi sin pensarlo, el adulto activa el “modo solución”: un vídeo, un juego en el móvil, dibujos en la tele, algo rápido para que deje de quejarse. Problema resuelto… aparentemente.

Pero ese “me aburro” no es un fallo del sistema. Es, muchas veces, una puerta que se está abriendo.

El aburrimiento —cuando no es crónico ni va acompañado de malestar emocional profundo— puede ser un aliado sorprendente del desarrollo. Es ese espacio vacío (a veces incómodo) el que empuja a los niños a inventar, a explorar, a jugar de forma más creativa y a conectar con lo que realmente les interesa. En otras palabras: el aburrimiento es el inicio de algo, no el final.

Por qué el aburrimiento es necesario (aunque moleste)

Cuando un niño se aburre, su mente se queda sin estímulos externos inmediatos. Y entonces ocurre algo muy valioso: se activa la búsqueda interna. Aparecen preguntas, ocurrencias, ideas, planes. Empieza el juego simbólico, la imaginación, el “¿y si…?”.

Ese proceso alimenta varias habilidades clave:

  • Creatividad: inventar reglas, historias, mundos, usos nuevos para objetos cotidianos, despertar su curiosidad.
  • Autonomía: aprender a gestionar el tiempo sin que un adulto lo dirija todo.
  • Tolerancia a la frustración: aceptar que no todo es instantáneo ni divertido al segundo.
  • Pensamiento reflexivo: una mente que no está continuamente “ocupada” empieza a observar, recordar, ordenar, imaginar.
  • Atención sostenida: cuando la diversión no viene “servida”, el niño aprende a sostener el interés y profundizar.

Por eso, cuando ofrecemos una pantalla al primer “me aburro”, no solo calmamos la queja: interrumpimos el entrenamiento natural del cerebro para crear, perseverar y pensar.

El “apagón creativo” de la solución rápida

Las pantallas no son “malas” por naturaleza, pero sí tienen algo muy potente: son un estimulante inmediato, diseñado para captar atención y mantenerla. Si cada vez que aparece el aburrimiento aparece una pantalla, el niño aprende sin darse cuenta una lección muy clara:

“Cuando siento vacío o incomodidad, lo tapo con estímulos”.

Y eso, a largo plazo, tiene efectos:

  • Se reduce la iniciativa: espera que “le entretengan”.
  • Disminuye la capacidad de juego autónomo.
  • Se vuelve más difícil tolerar el silencio o la espera.
  • El umbral de satisfacción sube: lo cotidiano parece “poco”.
  • El lloro o la protesta se convierten en “botón” para obtener pantalla.

No es cuestión de culpa. Es cuestión de entender el mecanismo: si anestesiamos el aburrimiento, apagamos justo el motor que lo transforma en creatividad.

Aburrirse no es estar solo: es tener un adulto cerca que no lo invade

En los primeros años de vida, dejar espacio no significa “apártate y apáñatelas”. Un niño pequeño no regula solo como uno mayor, ni puede siempre “buscarse un plan”. Por eso, permitir el aburrimiento en estas edades no es desentenderse, sino acompañar sin dirigir y sin tapar cada pequeño vacío con una pantalla o un estímulo inmediato.

A veces el niño se quejará, se moverá sin rumbo, protestará un poco. Está bien. Ese es justo el momento en el que su cerebro empieza a explorar: toca, prueba, tira, combina, imagina. Nuestro papel no es entretenerle, sino estar disponibles y seguros, ofreciendo presencia y, si hace falta, un pequeño empujón para arrancar.

El mensaje que necesitan oír (y sentir) es:

  • “Veo que estás inquieto. Estoy aquí contigo.”
  • “No vamos a poner dibujos ahora, pero podemos mirar qué hay para jugar.”
  • “Si quieres, te ayudo a empezar… y luego sigues tú.”

No se trata de dejarles solos frente al vacío, sino de darles un espacio protegido para que descubran qué hacer con él. Presencia sin invadir. Apoyo sin dirigir. Acompañar sin “rellenar” cada segundo.

Ahí, incluso en los más pequeños, empieza a crecer la autonomía, la curiosidad y el gusto por el juego propio.

Tolerancia al lloro: aguantar el tirón sin recurrir al móvil

Muchos padres no dan el móvil por “comodidad”, sino por agotamiento. Porque el lloro cansa, activa culpa, genera prisa. Y porque calma rápido.

Pero calmar no siempre es educar. A veces educar es sostener el momento.

El lloro (cuando no hay un problema real de salud o seguridad) puede ser:

  • protesta por un límite,
  • descarga por cansancio,
  • frustración porque no hay estímulo inmediato,
  • enfado porque “no sale” lo que quiere.

Si cada protesta se resuelve con pantalla, el niño aprende un patrón: lloro → pantalla. Y lo repetirá, porque funciona.

¿Qué hacer entonces?

1) Diferenciar emoción de solución

Puedes validar lo que siente sin cambiar el límite.

  • “Veo que estás enfadado. Es normal.”
  • “Entiendo que quieras el móvil. Hoy no toca.”
  • “Te acompaño, aunque no te guste la decisión.”

2) Ser un “ancla” calmada

Cuanto más sereno estás tú, más fácil es que el niño vuelva a regularse. No hace falta un discurso. A veces basta con presencia, contacto, respiración lenta.

3) Dar tiempo (de verdad)

El enfado no siempre dura poco. Pero si lo sostienes sin ceder, el niño aprende algo enorme: que puede atravesar la emoción y salir al otro lado.

4) Anticipar y prevenir

La tolerancia al aburrimiento no se entrena bien cuando están agotados, con hambre o sobreestimulados. A veces el “me aburro” es “necesito bajar revoluciones”.

Alternativas reales al “entretenimiento” (ideas por edades)

La clave no es llenar la casa de juguetes. Es dar materiales abiertos: cosas que se pueden usar de mil maneras.

Materiales “de creatividad infinita”

  • Cajas de cartón, tubos, pinzas, cinta de carrocero
  • Rotuladores, tijeras (seguras), pegamento, papel
  • Plastilina, arcilla, pasta de sal
  • Disfraces sencillos: telas, sombreros, gafas viejas
  • Juegos de construcción
  • Cuentos, pero también “inventar cuentos”

Ideas rápidas sin pantalla

  • Reto de construcción: “Haz un puente que aguante un libro” (con legos, pajitas, cajas…)
  • Búsqueda del tesoro: 5 pistas por casa
  • Laboratorio de agua (bañera o barreño): trasvases, embudos, cucharas
  • Teatro en casa: inventar una obra de 3 minutos
  • Taller de inventos: “¿Qué máquina podríamos construir para…?”
  • Cocina infantil: mezclar, amasar, decorar (con tareas reales)
  • Naturaleza: paseo con misión (“busca 3 hojas distintas”, “haz un miniherbario”)

“Lista antiaburrimiento” (muy eficaz)

Un recurso simple: crear juntos una lista de 15–20 ideas para cuando aparezca el “me aburro”. Se escribe, se dibuja, se pega en la nevera. Cuando llegue el momento, en vez de negociar pantalla, dices:

  • “Elige dos opciones de tu lista.”

Autonomía + límites claros.

Cómo introducir el hábito (sin guerra diaria)

  1. Define momentos sin pantalla (por ejemplo: tardes entre semana, o la primera hora al llegar a casa).
  2. Avisa antes: “Hoy no habrá tele después de comer. Tendréis tiempo de juego libre.”
  3. Tolera el pico de protesta: al principio habrá quejas. Es normal.
  4. No entretengas tú todo el rato: ayuda a arrancar (“te doy una idea”), pero no te conviertas en animador.
  5. Celebra el juego autónomo: “Me encanta cómo te lo has montado tú solo.”

El objetivo no es que el niño esté siempre feliz. Es que aprenda a gestionar el vacío, a iniciarse, a crear.

Un mensaje final para padres: el aburrimiento es una semilla

A veces, como adultos, queremos evitarles cualquier incomodidad. Pero el desarrollo necesita pequeñas incomodidades: esperar, no tenerlo todo, frustrarse un poco, insistir. El aburrimiento es una de ellas.

La próxima vez que oigas “me aburro”, intenta pensar: “Perfecto. Aquí empieza tu creatividad.”

Autoría: Inma de Juan


24 de septiembre de 2025

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El inicio en la escuela infantil es un momento muy especial: para muchos niños es el primer gran paso fuera del entorno familiar. En Brightkids Arenales sabemos que esta transición despierta ilusión, pero también dudas e inseguridades. Por eso compartimos algunas recomendaciones sencillas para que tu hijo se adapte de manera gradual y positiva a esta nueva etapa.

1. Crear rutinas estables en casa

Los niños pequeños necesitan seguridad, y las rutinas se la aportan. Intenta que los horarios de comida, sueño y juego se parezcan a los que tendrá en la escuela infantil. Así, la adaptación será más suave y el niño sentirá que todo “encaja”.

2. Hablar con palabras sencillas

Aunque tu hijo aún sea muy pequeño, entiende más de lo que parece. Cuéntale con frases cortas lo que va a pasar: “Vas a ir al cole de mayores”, “Allí jugarás con otros niños”, “Mamá y papá vuelven después”. Estas explicaciones transmiten calma y confianza.

3. Practicar la separación poco a poco

Si no está acostumbrado a quedarse con otras personas, prueba a dejarlo ratitos cortos con algún familiar o persona de confianza. De esta forma aprende que aunque tú te vayas, siempre vuelves. Esa seguridad emocional es clave para la escuela infantil.

4. Objetos de apego

Un peluche, un chupete o una mantita pueden convertirse en un gran aliado durante los primeros días. Estos objetos familiares funcionan como “puente” entre casa y escuela, y ayudan al niño a sentirse acompañado y tranquilo.

5. Fomentar la autonomía desde lo cotidiano

Aunque son pequeños, ya pueden empezar a practicar pequeños logros: beber en vaso, guardar un juguete, intentar comer solitos. Cada avance les da seguridad y les prepara para integrarse mejor en la dinámica del aula.

6. Confiar y transmitir serenidad

Los niños perciben las emociones de sus padres. Si ven en ti calma y confianza, ellos también se sentirán seguros. Despídete con una sonrisa, un beso y palabras cariñosas, sin alargar demasiado el momento de la separación.

7. Comunicación con la escuela

Las educadoras de las escuelas infantiles de la Red Arenales están para acompañaros en este proceso. Comparte con ellas la información importante: rutinas de sueño, alimentación, gustos o miedos de tu hijo. Juntos, familia y escuela, se crea un ambiente de confianza que favorece la adaptación.

En resumen

La llegada a la escuela infantil es el inicio de una etapa llena de descubrimientos. Preparar poco a poco al niño, acompañar sus emociones y confiar en el equipo educativo son las claves para que la adaptación sea positiva.

En la Red Arenales trabajamos para que cada niño se sienta cuidado, seguro y feliz desde el primer día, y para que las familias vivan con ilusión este gran comienzo.

Autoría: Ester Cerezo


27 de marzo de 2025

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Las emociones son una parte fundamental del ser humano, desde el nacimiento hasta la edad adulta. En los primeros años de vida, los niños comienzan a desarrollar su mundo emocional, experimentando y aprendiendo a identificar, expresar y regular sus sentimientos. En este proceso, las familias juegan un papel crucial en el acompañamiento y en la enseñanza de la autorregulación emocional. Pero, ¿qué son las emociones, cómo se desarrollan y cómo pueden los padres y cuidadores ayudar a los más pequeños a comprenderlas mejor?

 

¿Qué son las emociones?

Las emociones son reacciones naturales que ocurren en nuestro cuerpo y mente como respuesta a diferentes estímulos internos o externos. Son experiencias que nos permiten conectar con el mundo y con los demás, influyendo en nuestra manera de pensar, actuar y sentir. Las emociones básicas, como la alegría, la tristeza, el miedo, la rabia y el asco, se encuentran presentes desde muy temprano en la infancia, y su expresión varía según la edad y el contexto cultural.

 

¿Cómo se desarrollan las emociones a lo largo de la infancia?

Desde el nacimiento, los bebés comienzan a experimentar emociones a través de sus necesidades básicas. En sus primeros meses de vida, las emociones se manifiestan de manera simple y primitiva, a través de gestos, llantos y sonrisas. Los bebés lloran cuando tienen hambre o miedo, y sonríen cuando sienten placer o seguridad. A medida que crecen, su capacidad para experimentar emociones se vuelve más compleja.

Entre los 2 y 3 años es cuando comienzan a identificar y nombrar sus emociones básicas, lo que les ayuda a empezar a comprender mejor lo que sienten. A esta edad, algunos niños son más conscientes de sus estados emocionales y los expresan de manera más clara, pero hay otros a los que todavía les resulta muy complicado. En este punto, el lenguaje tiene un papel fundamental. Cuando un niño tiene un correcto desarrollo del lenguaje suele presentar más facilidad para nombrar lo que le pasa, le incomoda, le gusta, le ha molestado… Y en esos momentos, con el acompañamiento afectuoso y confiado del adulto de referencia, los niños van siendo capaces poco a poco de identificar y nombrar las sensaciones físicas que experimentan cuando sienten las emociones básicas: calor y tensión cuando me enfado, temblor de manos cuando tengo miedo, ganas de reírme cuando estoy contento, etc.

A medida que avanzan en su desarrollo, entre los 4 y 6 años, aprenden a reconocer las emociones en los demás y empiezan a desarrollar la empatía. Aquí, las interacciones sociales juegan un papel esencial, pues el niño comienza a entender que otras personas también tienen emociones.

 

En la etapa de los 7 a 12 años, los niños ya tienen una mayor capacidad para regular sus emociones, aunque aún necesitan apoyo para gestionar la frustración y el estrés. El autoconocimiento emocional se sigue desarrollando y van descubriendo otras emociones complejas como pueden ser la envidia, la nostalgia, la vergüenza, que a veces les pueden generar confusión o desconcierto. En este momento los niños pueden comprender perfectamente que no hay emociones positivas o negativas, sino más bien agradables (o placenteras) y desagradables (que nos producen sensaciones físicas de malestar). Pero todas las emociones son necesarias y funcionales: están aquí para decirnos algo y todas ellas forman parte de la experiencia humana.

 

La autorregulación emocional: ¿Qué es y cómo se desarrolla?

La autorregulación emocional es la habilidad de manejar nuestras emociones de manera saludable y adaptativa. En los niños, este proceso es gradual y está estrechamente ligado a su desarrollo cognitivo y social. Los pequeños no nacen con la capacidad de autorregularse, sino que aprenden a hacerlo a través de las interacciones con sus padres y otras figuras de referencia, como educadores y familiares cercanos.

El proceso de autorregulación comienza con la capacidad de identificar las emociones (¿qué siento?) y luego de gestionar esa emoción de manera adecuada (¿cómo puedo manejarlo?). Esta habilidad se desarrolla a medida que los niños aprenden a nombrar sus emociones, a practicar estrategias de afrontamiento, como la respiración profunda o pedir ayuda cuando lo necesitan, y a comprender las consecuencias de sus acciones emocionales.

 

¿Cómo pueden las familias acompañar el desarrollo emocional de sus hijos?

Llegados a este punto, la idea principal que me gustaría remarcar es que las emociones no se enseñan: las emociones se acompañan.

Un adulto no enseña a un niño qué es la ira, la alegría o la vergüenza. Los niños, simplemente, las sienten. Los cuentos y materiales didácticos sobre emociones son un complemento fabuloso en el que nos podemos apoyar para hablar con nuestros hijos o alumnos sobre el nombre de la emoción y las sensaciones físicas que lleva unidas, pero nuestro hijo va a sentir esa emoción independientemente de que le hayamos leído el “Monstruo de colores” o hayamos visto la película “Del revés”. Las emociones no se aprenden. Simplemente, se experimentan. Por tanto, nuestro papel como adultos de referencia será acompañar esa emoción de manera cariñosa y comprensiva, estableciendo los límites necesarios de seguridad, y a su vez, quienes ejercemos de modelos de autorregulación emocional. Lo que sí se enseña y se puede aprender es la autorregulación: qué estrategias podemos emplear para regular nuestras emociones y que no tomen el control de nuestra conducta.

En este sentido, las familias desempeñan un papel esencial en la educación emocional de sus hijos. A través de su propio comportamiento y las interacciones cotidianas, pueden influir significativamente en la forma en que los niños aprenden a gestionar sus emociones.

 

  1. Ser modelos emocionales: Los niños aprenden observando. Si los padres demuestran cómo manejar sus propias emociones de forma calmada y reflexiva, sus hijos aprenderán a hacer lo mismo. Por ejemplo, si un adulto se siente frustrado, puede verbalizar sus sentimientos diciendo: “Estoy molesto porque esto no salió como quería. Voy a respirar un poco y tratar de solucionarlo”. Este tipo de modelos proporciona un ejemplo activo y práctico de cómo manejar la frustración.
  2. Fomentar la expresión emocional: Es fundamental que los padres enseñen a sus hijos a identificar y expresar sus emociones de manera adecuada. Esto incluye hablar sobre los sentimientos, ponerles nombre y comprender que todas las emociones, tanto las agradables como las desagradables, son naturales y válidas. En lugar de rechazar o minimizar las emociones de los niños, es importante validar lo que sienten: “Veo que estás enfadado, es normal sentirse así a veces. ¿Qué podemos hacer para sentirnos mejor?”
  3. Enseñar estrategias de regulación emocional: Las familias pueden enseñar a los niños diferentes estrategias para regular sus emociones, como la respiración profunda, contar hasta diez, hacer una pausa, usar palabras para expresar sus emociones o practicar actividades relajantes como escuchar música o dibujar. Es importante que estas estrategias sean parte del día a día, integrándolas en situaciones cotidianas.
  4. Crear un ambiente seguro y respetuoso: Un hogar donde los niños se sienten seguros emocionalmente es esencial para el desarrollo de su autorregulación emocional. Los niños deben saber que sus emociones son aceptadas y comprendidas, pero también que se espera que aprendan a gestionarlas de manera respetuosa hacia los demás. Un entorno donde se practique el respeto mutuo y se escuchen las necesidades emocionales de cada miembro de la familia ayudará al niño a sentir que sus emociones son tomadas en cuenta y que tienen la capacidad de manejar sus propios sentimientos.
  5. Refuerzo positivo: Cuando los niños logran manejar sus emociones de manera efectiva, es importante reconocer sus esfuerzos y reforzar esas conductas. Esto puede hacerse mediante cumplidos sinceros, como: “He visto que cuando estabas muy enfadado, has encontrado la manera de no hacer daño a los demás y conseguir tranquilizarte para resolver el problema hablando. Sé que esto te cuesta mucho y lo has conseguido. ¿Cómo te sientes?”. El aliento y acompañamiento positivo fortalece la autoestima emocional del niño y fomenta la repetición de conductas saludables.

 

Conclusión

A medida que los niños crecen, aprenden a comprender y gestionar sus emociones, pero necesitan la guía de sus padres y cuidadores para desarrollar habilidades de autorregulación emocional. A través de la observación y el acompañamiento afectivo, las familias pueden convertirse en modelos activos y ejemplos de cómo manejar las emociones de manera saludable. Este proceso es fundamental para que los niños se conviertan en adultos emocionalmente equilibrados, capaces de manejar sus sentimientos y relaciones de manera positiva.

Al fomentar el autoconocimiento emocional, el apoyo en momentos de frustración y el uso de estrategias adecuadas de regulación, las familias juegan un papel crucial en el desarrollo emocional y social de los niños, contribuyendo a su bienestar general.

Bibliografía recomendada para los padres:

– “El cerebro del niño”, Daniel J. Siegel.

– “Disciplina sin lágrimas”, Daniel J. Siegel.

– “Navega hacia tu bienestar”, Bibiana Infante Cano.

– “Desaprender para aprender”, Lucía Pérez Forriol.

– “Rabietas”, de Miriam Tirado.

 

Cuentos para trabajar las emociones con los niños:

Para niños de 2 a 4 años

– “Tengo un volcán”, de Miriam Tirado.

– “Emociónate con Nubi”, de Miriam, Nuria y Cristina Martínez.

– “El Monstruo de colores”, de Anna Llenas.

– Toda la colección “Cuando estoy enfadado” “Cuando estoy triste” “Cuando estoy contento”… etc., de Trace Moroney.

 

Para niños de 5 años en adelante

– “De mayor quiero ser feliz I y II”, Anna Moratto.

– “Emocionario: dime lo que sientes”, de Cristina Núñez Pereira y Rafael R. Valcárcel.

 

Autora:  Ester Cerezo. Colegio María Teresa. Maestra de Educación Infantil y Psicopedagoga. Experto en Disciplina Positiva en al Aula, en la Familia y en Primera Infancia.

Autoría: Chema


6 de marzo de 2025

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El sueño es fundamental para el desarrollo de los niños pequeños. Dormir bien contribuye a su crecimiento físico, al desarrollo de su cerebro y a la consolidación de la memoria. Además, fortalece su sistema inmunológico y regula su estado de ánimo, ayudándolos a estar más atentos, tranquilos y
receptivos durante el día. Un buen descanso también mejora su capacidad de aprendizaje y reduce la irritabilidad y estrés. Sin embargo, establecer un buen hábito de sueño puede ser un desafío.
A continuación, te damos algunas pautas concretas para ayudar a tu pequeño a dormir mejor.
1. Establecer una rutina nocturna
Los niños necesitan rutina y previsibilidad. Crea una secuencia de actividades antes de dormir, como un baño relajante, un cuento y un abrazo. Esto les ayudará a asociar estas acciones con la hora de dormir.
2. Fijar un horario regular
Es importante que tu hijo se acueste a la misma hora todos los días. Esto regula su reloj biológico y facilita el sueño.
3. Crear un ambiente apropiado
La habitación debe ser cómoda, oscura y con una temperatura agradable. Evita ruidos y luces fuertes. Un peluche o una luz tenue pueden ayudar a los niños que sienten miedo a la oscuridad.
4. Evitar pantallas antes de dormir
Las pantallas de televisores, tabletas y teléfonos emiten luz azul, que altera la producción de melatonina, la hormona del sueño. Es recomendable apagar dispositivos al menos una hora antes de acostarse.
5. Reducir el consumo de azúcares
Alimentos y bebidas con azúcar (como el chocolate) pueden alterar el sueño de los niños. Lo ideal es ofrecer cenas ligeras y evitar estos productos en la tarde-noche.
6. Fomentar la actividad física
El ejercicio durante el día ayuda a los niños a gastar energía y dormir mejor por la noche. Sin embargo, evita juegos muy activos justo antes de dormir, ya que pueden excitarlos demasiado.

7. Ser paciente y consistente
Cada niño tiene su propio ritmo. Si al principio cuesta trabajo establecer la rutina, mantén la calma y sé constante. Con el tiempo, el pequeño se acostumbrará y dormirá mejor.
Ayudar a tu hijo a desarrollar un buen hábito de sueño es un regalo para su bienestar. Con una rutina establecida, un ambiente propicio y buenos hábitos diarios, tu pequeño podrá descansar mejor y afrontar cada día con energía y
alegría. ¡Dulces sueños!

Beatriz González. Colegio Santa Mónica